EL AMANTE, EL GUERRERO, EL ADICTO, EL CAZADOR – HACIA UN NUEVO HOMBRE (Por Alejandro Yepes Sánchez) 5


 

EL AMANTE, EL GUERRERO, EL ADICTO, EL CAZADOR

HACIA UN NUEVO HOMBRE

Hoy voy a hablar del ser hombre, del ser varón como nos denominan algunas mujeres. Y voy a hablar del ser hombre desde mi experiencia personal de ser uno, de haber estado perdido en condicionamientos, en aprendizajes, en mandatos, en estereotipos rígidos que aún hoy me pasan su cuenta de cobro.

Estas palabras se las dedico a todos los hombres de mi vida, a los que me han guiado con el buen y con el mal ejemplo. Al hombre que me engendro. A los hombres que me han criado. A los que me han acompañado; a los que me han dado un abrazo en momentos difíciles y han compartido una palabra de aliento en momentos de oscuridad. A todos los hombres que se batieron conmigo en las calles y en los bares como titanes furiosos. A los caídos en tantas guerras internas y externas. A los que se han encontrado y a los que siguen perdidos. A los que están recorriendo el camino. Estas palabras se las dedico a todos los hombres conocidos, desconocidos y por conocer, porque algún día todos nos reunamos alrededor del fuego como hermanos, recordando y sabiendo nuestra esencia y cumpliendo nuestra tarea de servir a nuestros otros hermanos, hermanas, comunidad y madre tierra.

Estas palabras se las dedico a todas las mujeres que han estado y están en mi vida. A la mujer que me parió, que me amamantó. A las mujeres que me criaron. Estas palabras se las dedico a todas las mujeres que he querido y que me han querido, a todas las mujeres que me lastimaron y que yo he lastimado desafortunadamente. A todas las mujeres luchadoras, inteligentes, soñadoras, libres. A todas las mujeres oprimidas, abusadas, esclavizadas. Estas palabras se las dedico a todas las mujeres conocidas, desconocidas y por conocer, porque algún día todas las mujeres y los hombres nos sentemos alrededor del fuego donde cada uno y cada una tiene su puesto y que recodemos que es eso de ser hermanos, hermanas, padres, madres, hijos, hijas, amantes.

Para mi ser hombre, como ha sido un privilegio, al mismo tiempo ha sido difícil, ha sido doloroso y muchas veces desconcertante. Crecí en un hogar de mamá y papá con ideas un poco diferentes a las convencionales y aceptadas por la sociedad Colombiana. Crecí en un hogar con una mamá independiente, inteligente y que se ha rebelado frentes a tantas cosas que la habían y la han oprimido como mujer a ella y a tantas otras mujeres en este planeta. Crecí en un hogar con un papá libre pensador, brillante y con una gran sensibilidad. Que regalo de papá y mamá los que me ha tocado, dos grandes humanistas, estudiosos y con una gran sensibilidad artística y social.

Al mismo tiempo crecí en un país, en una cultura con unos valores bastante rígidos y conservadores. Mi familia viene de Antioquia, región de Colombia caracterizada por su catolicismo, por su emprendimiento empresarial y por su arraigado machismo. Valores culturales bastante generalizados en este hermoso país en el que he vivido una buena parte de mi vida. Iglesia, patria y familia podrían ser tres valores que han sido importantes y que han sido inculcados, muchas veces a sangre en la psique de muchos y muchas. El país del Sagrado Corazón de Jesús donde hay una fuerte cultura de la guerra, de los guerreros. Y en medio de esa cultura de la guerra constante en que me ha tocado vivir a mi, a mis padres y que les tocó vivir a mis abuelas y abuelos y de ese país devoto en palabra pero muchas veces sólo de domingo, también hay un pueblo hermoso, generoso y que se caracteriza por su calor humano.

Así que menudas contradicciones las que he vivido y bajo las que me tocó crecer. Mientras daba mis primeros pasos en un hogar de madre feminista y padre libre pensador, uno donde se habla del respeto al otro sin importar su género, ideología y todas esas cosas en las que algunos creemos firmemente mientras otros se rasgan las vestiduras por el deterioro de los valores, también me daba mis primeros golpes contra el pavimento con el deber ser hombre, ser un machito y no una nenita como lo dicen tantos hombres y mujeres.

Mi primer duelo de guerrero lo tuve a los seis años. Apoyado e impulsado por mi hermano y sparring de muchos momentos, me di mis primeros golpes en frente de la escuela donde cursaba primer grado en Estados Unidos. Con miedo y llorando y con las instrucciones de mi hermano de doce años lancé mis primeros puños.

A los siete años, en unas vacaciones a casa de mis abuelos maternos en Medellín, me tomé mi primer aguardiente robado de la botella que a mi abuelo tanto le gustaba. Me tomé mi primer trago como buen macho a los siete años para probar que era eso que le gustaba tanto a algunos varones en mi familia y que muchas veces los ponía un poco fuera de control. A los once años, en unas vacaciones, en casa de mi abuelo paterno en Cartago, me di primer borrachera para expurgar uno de mis primeros despechos. Y como dice una canción latinoamericana, “entre mujeres y traiciones, se fueron consumiendo las botellas”. Por la misma época probé mi primer cigarrillo.

Entre los doce y los trece probé por primera vez la marihuana y la cocaína. Había que probar todo, al fin y al cabo era algo que estaba ahí a la mano y bueno, parecía que para uno ser grande, para no sentir tanta inseguridad, tanto dolor, eso también ayudaba.

A los trece, para sentir que ya era todo un hombre, tuve mi primer relación sexual. Ahora si que iba a entrar al club de los hombres de verdad, de esos que no lloran y que “le pegan a uno en la cara, marica”. Porque este si fue uno de esos mensajitos que insertaron en mi, como virus informático, desde muy temprana edad en el colegio: No llore, no sea nena; no llore, no sea marica. Y la verdad que me lo creí por un buen tiempo, compré completamente la idea y cuando el llanto venía, éste venía cargado de culpa y de baja auto-­‐estima; cómo me ha costado actualizar el software de este programita macho 1.0™.

En la adolescencia, por cinco años, mi lema, mi mantra sagrado era: “esta noche me emborracho, peleo y picho (tengo sexo)”. Ese era el lema de muchos para decir que se había tenido una buena noche. El mantra del hombre de verdad: ver cuál era el que tomaba más hasta dejar a los pares tirados en el suelo como unas nenitas, pelear como buen gallo de pelea y dejar sudor y sangre en el pavimento de la gran ciudad, y tener sexo a la lata (en grandes cantidades).

Estos fueron para mi, y tal vez han sido para muchos niños y jóvenes queriendo ser hombres, tres grandes rituales de paso a la adultez, a ser un hombre hecho y derecho. ¡Qué tristeza y que vacío me causa esto! Un niño perdido en la selva de cemento buscando ser hombre, buscando entender qué es eso de ser hombre y muchas veces sin un buen guía, un buen modelo y sin ningún adulto con la claridad y la disposición de orientarlo. Ese fui yo.

Beber, embriagarme, emborracharme, tomármelos todos, porque como decían en esa época, “a tomar que el mundo se va a acabar”. Y mientras tanto por dentro, mi ser se opacaba cada vez más, se perdía, se confundía cada vez más. Era el adicto a las drogas y al alcohol, el rebelde sin causa que creía que era libre porque estaba haciendo lo que a mi se me daba la gana: auto-­‐destruirme.  Era el macho valiente que se tomaba dos botellas de alcohol en una noche y todavía estaba en pie de lucha. Ese era yo, el hombre que para permitirse llorar y sentir su sensibilidad, tenía que intoxicar su organismo, porque como dicen por ahí: “borracho no cuenta”.

Pelear, darme en la jeta, darme trompadas, darme piñas, irme a los puños, esa era la segunda máxima para mi del ser todo un varón. Así podía sacar el pecho como buen gallo de pelea después de haber estado en un duelo de guerreros del pavimento y la noche loca. Mientras tanto estaba muerto del susto por dentro, escondiendo mi fragilidad y vulnerabilidad detrás de una armadura de guerrero violento e insensible.

Y por supuesto era todo un Don Juan De Marcos, todo un perro como dicen en Colombia, todo un latin lover. Buscando conquistar mujeres como trofeos para sentir que yo sí era un verdadero hombre. Era una especie de competencia con mis pares a ver quien tenía el falo más grande medido por la cantidad de mujeres con las que se había acostado. Buscaba reafirmar mi masculinidad a través de la conquista femenina. Era un sexo desconectado del corazón en la mayoría de los casos, un sexo por el sexo, un sexo sin verdadera intimidad, sin verdadero amor.

Luego crecí y entré al mundo de los adultos al obtener un título profesional. Ahora si era todo un hombre de verdad. Era hora de dejar el nido y ser independiente. Era el momento de convertirme en todo un buen cazador. Y fue en este momento en el que la armadura que había estado puliendo con tanto esmero por tantos años se empezó a resquebrajar. Empezó a oler a putrefacción. La jaula a la que tanto trabajo le había puesto ya me estaba asfixiando, no podía extender mis alas y volar libremente. ¡Y volar si era algo que quería hacer desde pequeño! Por esas extrañas cosas de la vida yo mismo había ido cortando mis alas, había ido poniendo los candados que impedían que alzara vuelo. Y empecé a quitarme la armadura, empecé a dejar que mis alas crecieran de nuevo, quite los cerrojos, salí de la jaula. Y ahora puedo respirar profundamente, puedo permitirme sentir mi vulnerabilidad y sensibilidad sin sentir culpa. Ahora se que no necesito estar intoxicando mi organismo para estar tranquilo, para sentir la vida, para gozar la vida. Ahora se que no necesito salir en mi corcel blanco en busca de duelos a muerte, no necesito estar reafirmando mi sexualidad en un frenesí de sabanas de seda, piel y aromas.

No soy sólo un amante, un adicto, un guerrero, un cazador. Y al mismo tiempo soy todo eso y mucho más. Yo soy lo que decido ser cada instante de mi vida en este planeta. Yo no soy lo que los demás han decidido por siglos que debe ser un hombre. Renuncio, me niego, no compro más esa idea, no juego más ese jueguito que termina haciendo daño. Quiero ser un hombre integral, un hombre completo, un hombre vital donde hay espacio para ser todo y para ser nada. Hoy me declaro un hombre libre, emancipado. Hoy me quito el yugo del auto opresor y decido empezar a recorrer el camino de la libertad, sabiendo que hay un largo camino por recorrer y que cada instante me trae una oportunidad de crecimiento, de sanación, de ser un mejor ser humano.

José Alejandro Yepes Sánchez 2012


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5 ideas sobre “EL AMANTE, EL GUERRERO, EL ADICTO, EL CAZADOR – HACIA UN NUEVO HOMBRE (Por Alejandro Yepes Sánchez)

  • Jesús

    Gracias Alejandro por tu valiente testimonio..
    Me alegra saber que este movimiento en busca de nuevos patrones de masculinidad esta vivo y sigue creciendo en distintos lugares del planeta.
    Un saludo desde Madrid.

    • Alejandro Yepes

      Hola Jesús.
      Gracias por tú apoyo y tú generosidad.
      Este movimiento ya hecho raíces. Soy un buen sastre y confecciono a la medida. Los nuevos patrones de masculinidad saldrán pronto al mercado. Colección Cósmica saldrá para la navidad. Para pedidos por favor contactarme vía correo-e: ayepes@uniandes.edu.co

      Saludos desde Bakata Abyayala. Continente Libre de la Pachamama.

  • Ana Maria Gomez

    Me tocan las palabras sinceras y el desgarro. Que bueno que todos los varones abrieran sus corazones para dejarnos ver lo duro que es ser hombre en esta sociedad, el trabajo de deconstruccion que hay que afrontar para llegar a ser mejor ser humano.

    Me tocaron sus palabras y la sinceridad al referirse a la experiencia de ser hombre en esta sociedad. Deconstruir los codigos que nos han enseñado implica desgarrarse para poder alcanzar otras formas de relacionarnos como seres humanos.

  • Yolanda

    Gracias Alejandro,
    Recién leo tu testimonio y me siento emocionada. Gracias por ser Voz de muchos hombres y mujeres transitando este camino de la Vida con valentía y coherencia…una de las mayores enseñanzas es hacernos de espejos un@s a otr@s y transmitir desde la experiencia tal cual. Gracias por sembrar, necesitamos sembrador@s…..Gracias!!!
    Un saludo desde Aranjuez (Madrid)