Círculo Centro Penitenciario Soto del Real 18/05/22 1


Buscando la mejor versión de nosotros mismos

Parece mentira que en un intervalo de apenas de cinco días, y en dos únicas sesiones, el grupo arranque y lo haga de esta manera.

La cohesión de un grupo tan diverso como el que acabamos de arrancar en el Centro Penitenciario de Soto del Real (por edad, por procedencia, por experiencias de vida, y por un sinfín más de detalles) requiere tiempo, esfuerzo y dedicación.

Y si me permitís, cuando de lo que se trata es de poner en marcha un grupo de hombres donde reflexionemos sobre la condición masculina, más todavía.

Quizá por eso, nos invade una sensación de profunda felicidad y agradecimiento, al ver las mismas caras que en la primera sesión. A pesar de que ese primer día tuvimos menos tiempo del que nos hubiera gustado y de que, apenas nos dio tiempo a presentarnos y poco más.

Hoy, sin duda, las cosas han podido fluir de otra manera mucho más diferente.

Una señal más, no solo de la necesidad de este tipo de grupos y de espacios, sino de la falta que nos hace a los hombres, a muchos, el hacer este camino, este proceso, de manera acompañada.

Hay una frase que a mí me gusta mucho y que dice lo siguiente: “Camina solo y llegarás rápido, camina acompañado y llegarás más lejos”. Nosotros apostamos por esto último, sin duda.

Porque nos hemos cansado de correr sin sentido a lo largo de nuestras vidas (que cada cual lo interprete como quiera) y ahora hemos elegido ir por otro camino, o al menos, pretendemos recorrer ese camino de otra manera sensiblemente diferente.

Nos han enseñado durante demasiado tiempo a lo largo de nuestras vidas, que nosotros teníamos que ser capaces de solucionar nuestros propios problemas sin mostrar la más mínima señal de debilidad ni de duda. Fuera lo que fuera a lo que nos enfrentáramos.

Y nada más lejos de la realidad.

Sorprende ver como en las palabras de prácticamente todos nuestros compañeros de círculo, surge de manera natural la palabra ayuda. La palabra ayuda como ofrecimiento rápido e inmediato al compañero con el que nos relacionamos más o menudo o incluso con aquel que apenas conocemos. Nuestro apoyo más incondicional y absoluto. Sin esperar nada a cambio.

Curioso que, por el contrario, nunca o casi nunca utilicemos la palabra ayuda cuando se trate de pedirla. Sobre todo en aquellas situaciones en las que más falta nos hubiera hecho recibirla.

Como en otros muchos aprendizajes masculinos, parece que las cosas solo funcionan en una sola dirección, algo impensable cuando de lo que estamos hablando es de ámbitos como el de las relaciones humanas interpersonales, que inevitablemente, requieren de una doble dirección (si no, difícilmente se puede dar un intercambio equilibrado en donde ambas partes salgan beneficiadas).

Este es uno de los muchísimos aprendizajes que tenemos poco menos que incrustados a fuego en nuestra psique masculina, y que, como en otras muchas cuestiones, necesitamos desarmar. Lejos de ese personaje impuesto e impostado que, durante tanto tiempo nos ha acompañado y que aquí tratamos de dejar aparcado fuera de la sala antes de entrar al círculo.

Somos conscientes de que este es un proceso que va a llevar su tiempo, donde no todos tenemos venimos del mismo sitio de inicio o punto de partida, ni tenemos que ir a la misma velocidad.

Proceso con más incertidumbres que certezas en donde lo que me ha valido a mí no necesariamente le tiene que valer a otra persona. Donde tratamos de no llevar a rajatabla esa facilidad innata tan masculina que, con demasiada frecuencia todavía sigue apareciendo, de aconsejar “lo que yo haría”, pensando, con la mejor intención del mundo por supuesto, que nuestro conocimiento, nuestra experiencia, puede servir de ayuda a otra persona.

Esto no va de enseñar, aconsejar o pensar que en nuestra mano está la capacidad de que podemos cambiar la vida de nadie.

Esto va de cambiarnos la vida a nosotros mismos, siendo nosotros los protagonistas y los responsables de ese cambio (que afortunadamente redundará no sólo en nosotros mismos sino también en las personas que nos rodean en nuestra vida cotidiana).

Poner consciencia en entender cómo hemos llegado hasta aquí y en cómo eso nos ha configurado como lo que somos. Y qué es lo que sentimos que necesitamos cambiar.

Una de las cosas que hemos acordado con el permiso del grupo, es la de escribir un texto después de cada sesión comentando algunos de los temas que allí se han hablado, en donde las personas que quieran puedan sumarse con lo que consideren oportuno y que les surja.

Por supuesto, respetando de forma escrupulosa la confidencialidad y la identidad de las personas que allí se han expresado de una u otra manera.

Creo que es una oportunidad excelente de seguir con el trabajo una vez que la sesión haya finalizado, y en hacer más llevaderas las dos semanas que separan una sesión de otra.

Estamos convencidos también de que es un material que servirá no solo para los que hemos estado en el círculo, si no, para incluso todos aquellos hombres del centro a los que les pueda llegar este texto y lo puedan leer, y sumergirse también en este tipo de reflexiones que seguimos queriendo hacer nuestras. Y quién sabe, si en una próxima reunión, se deciden acercarse. A ver qué es esto de los círculos de hombres.

Y que mejor que poner un ejemplo, para dejar de forma clara, la importancia de esta propuesta.

Una de las muchas frases que yo he escuchado en este círculo y que se me ha quedado más grabada a fuego, decía algo así: «la violencia me lo ha dado todo y también me lo ha quitado todo».

Creo que no se pueden decir y expresar tantas cosas en tan pocas palabras. Imagínate como te tienes que sentir si te das cuenta de que todo lo que has conseguido en esta vida lo has conseguido a través de la violencia, y todo lo que te han quitado también te lo han quitado con esa misma violencia.

Que injusto y que doloroso, pensar que vivimos en un mundo donde nos han enseñado que no había otra manera de hacer (y conseguir) las cosas.

También no deja de sorprenderme el aprendizaje que supone el compartir con otros hombres no sólo lo que decimos sino como lo decimos.

Que nos hayamos sentado en el mismo sitio que el primer día (cuando ni siquiera las sillas al empezar estaban colocadas), que levantemos o no la mano para pedir permiso para intervenir, que a veces cueste mantener ese círculo de sillas (físicamente), y que nos sintamos más a gusto, más protegidos, si estamos un paso por detrás del resto de compañeros. O más o menos cerca de la puerta…

No hace falta intervenir hablando, para seguir transmitiendo (y expresando) un montón de cosas que nos acompañan aún sin darnos cuenta, y de las que tanto podemos seguir aprendiendo.

Los silencios de algunos momentos, la manera en que la escucha permite a muchos de nosotros llevarnos por caminos que antes no estaban tan al alcance nuestra, las personas que más cosas tienen para compartir, los que hablan aparentemente menos pero que no pierden detalle de nada de lo que allí se comparte, los que se llevan reflexiones escritas en una libreta para volver sobre ellas después del círculo…

No existen dos maneras iguales de aprovechar la energía que se transmite en el círculo.

Cada intervención es un tema que se ramifica en mil direcciones diferentes, donde a cada uno lo que escucha le lleva a un lugar y un sitio determinado (y de ahí, quien sabe hacia donde).

Y en esta segunda sesión, el miedo es una de las palabras que más se han repetido a lo largo de las dos horas que ha durado el círculo. Miedo a lo que nos aguarda el día de mañana. A lo que nos puede cambiar nuestra situación actual. A tener la sensación de que volvemos hacia atrás. Miedo a empezar otra vez. Miedo a dirigir otra vez la mirada hacia lugares que ya nos ha costado transitar y que ya teníamos aparentemente superados. Miedo a la incertidumbre. Miedo a tener la sensación de estar siempre en guardia. Miedo a tener miedo.

¿Cuándo surgió esta nueva sensación que a veces no nos quitamos de encima, de que todo está sustentado en una aparente fragilidad que se puede venir abajo en cualquier momento?

¿Dónde está esa aparente fortaleza que durante tanto tiempo creímos que nos acompañaba y que ahora parece que se desvanece con demasiada facilidad?

¿En qué momento de nuestras vidas las palabras dolor, sufrimiento y soledad se incorporaron con tanta facilidad a nuestro particular diccionario vivencial?

Muchos arrastramos la sensación de que en algún momento de nuestras vidas nos hemos “roto” (o lo que es peor, nos han roto), y ahora sentimos que estamos volviendo poco a poco a reconstruir esas piezas del puzle que una vez, estallaron en mil pedazos. Y la verdad es que, para que nos vamos a engañar, duele.

Por eso nos gustaría agradecer a quienes nos ha facilitado este espacio y a todas aquellas personas que lo han hecho posible. No olvidamos esa invitación que de forma tan cercana y cariñosa nos facilitaron el pasado 8 de marzo en el salón de actos. Ese día pudimos sentar las bases de lo que nos proponemos hacer con esta propuesta y tratamos de explicarlo tal y como pudimos.

Lo que pasa es que a veces parece más difícil explicarlo que vivirlo.

Y en eso andamos. En dejar a un lado las explicaciones y en centrarnos en las vivencias.

Buscando la mejor versión de nosotros mismos.


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