Círculo Centro Penitenciario Soto del Real 31/05/22


Aprendizajes

En España, la tasa de suicidio en la población general es de 0,7 casos por cada diez mil habitantes.

En los centros penitenciarios, esa cifra se multiplica por 23

Y curiosamente, la tasa de suicidio en reclusos en situación de prisión provisional (16,3 casos por cada diez mil reclusos) es un 1,58 veces mayor, que la de los presos condenados (10,3 casos por cada diez mil reclusos).

En la anterior sesión del círculo, varias fueron las personas que nos transmitieron la angustia de estar en una situación de espera interminable por saber la condena definitiva que iban a tener que cumplir.

Otra más de las razones por la que estos espacios, estos círculos/grupos de hombres son tan necesarios, aquí y en todas partes, pues nos sirven para compartir situaciones, estados de ánimo y sentimientos, que difícilmente, encontraríamos otro lugar en donde poderles dar cabida como se merecen.

Este fue el inicio de un círculo marcado por un tema, que como en otras muchas ocasiones, nos lleva por caminos muy diversos.

Hoy, la necesidad del grupo estaba en expresar hacia fuera una situación que nos pone contra las cuerdas.

Y lo que nos pone contra las cuerdas tiene que ver y mucho, con todas esas cosas que se escapan a nuestro alcance.

Si algo nos han enseñado a los hombres a lo largo de nuestras vidas, es que creímos que teníamos la capacidad invulnerable de poder solventar (o solucionar) cualquier problema o piedra que se nos presentara en el camino.

Y evidentemente, nada más lejos de la realidad.

La frustración es una de esas emociones que no nos han enseñado a manejar (más allá del enfado o la ira que nos provoca y que no soluciona nuestro malestar).

Si queremos indagar en un problema tan complejo y difícil de abordar como es el del suicidio, deberemos tener claro, al menos para empezar, que una persona que se quita la vida, lo único que quiere es dejar de sufrir, independientemente de que detrás de cada decisión y de cada vida, hay un sinfín de detalles, matices y circunstancias que se nos pueden escapar realizando un análisis aparentemente tan superficial y simplista.

Y es en ese deseo de querer dejar de sufrir, donde la gran mayoría de nosotros podemos conectar fácilmente con un tema como este, independientemente de que a lo largo de nuestras vidas hayamos tenido o no en mente una decisión tan dura y dramática como es la tentativa de suicidio.

Recuerdo hace varios años, una sesión de la propia Asociación de Círculos de Hombres, en donde preguntamos en alto (sin la obligación como siempre, de responder o no a lo allí planteado) si alguno de los allí presentes había pensado seriamente alguna vez a lo largo de sus vidas, quitarse la vida. Recuerdo ver levantadas más de la mitad de las manos de las personas que allí estábamos. Y reconozco que esa bofetada de realidad me dejó poco menos que en estado de shock.

Creo que eso puede dar una ligera idea de la magnitud y gravedad de un problema como este, tan históricamente silenciado e invisibilizado, sobre todo en un mundo, cada vez más despersonalizado e individualizado, donde se antoja a veces misión imposible, algo tan sencillo como debería ser el hecho de pedir ayuda a un compañero, cuando ni siquiera nos han enseñado que es legítimo y que podemos hacerlo sin sentirnos ni mejor ni peor hombres y sin miedo al qué dirán o pensarán de mí.

Y una vez puesto sobre la mesa un tema tan complejo como este, y expresado sin filtros aquello que más nos ha removido a lo largo de estos últimos días (frustración por pensar en de qué forma podía haber ayudado más, sensación en estos casos, de no haber sabido interpretar las señales que casi toda persona que se quita la vida suele expresar en mayor o menor medida en su entorno más cercano, dolor por la pérdida de una persona con la que teníamos una relación de amistad cercana, preocupación y empatía por la gente que deja en este mundo, etc.) necesitamos ir a la siguiente fase del proceso.

Porque es importante no quedarnos únicamente en el relato (aunque es fundamental sin duda el verbalizarlo y expresarlo debidamente), sino que necesitamos pensar que podemos llegar todavía más lejos.

Una de las palabras que también salieron a lo largo del círculo, y que a mí particularmente, cada vez más me gusta escuchar, es la de aprendizaje.

La función de los círculos no es (únicamente) servir de válvula de escape para todas nuestras preocupaciones o sentires del momento de la reunión, que por supuesto, está muy bien y es tremendamente legítimo y necesario, y más si me apuras, en un espacio como este (el centro penitenciario), en donde tener tanto tiempo libre a tu disposición, te puede hacer pasar una mala jugada a tu mente, sobre todo si nuestra educación y gestión emocional está como mínimo, todavía, en un lugar sensiblemente más precario del que nos gustaría que estuviera realmente.

La responsabilidad de los círculos, y de todos y cada uno de sus componentes, es saber qué vamos a hacer con lo escuchado, con lo compartido por otros compañeros.

En como vamos a aprovecharlo para convertirlo en el aprendizaje de esa sesión.

En cómo vamos a seguir trabajando en ello, durante el tiempo que transcurre entre sesión y sesión, y en como lo incorporamos a nuestras respectivas vidas para que en un futuro próximo podamos utilizar ese aprendizaje en hacer y resolver las cosas de otra manera.

Y ahí va otro ejemplo.

En otro de los momentos del círculo, y con otro de los temas recurrentes que nos persiguen habitualmente, como es el de la violencia y la ira, proponíamos verbalizar qué haríamos, como reaccionaríamos a ciertos conflictos que nos sacan de nuestras casillas y que tanto nos cuesta o nos ha costado controlar en nuestro pasado.

Y la respuesta es tan sencilla como obvia en base a nuestros aprendizajes (los anteriores, los que tenemos aprehendidos desde hace mucho tiempoy que son los queremos aprender a desarmar), que todos os la podéis imaginar.

Verbalizar y expresar en grupo, que ante un conflicto, una discusión o una afrenta de cualquier tipo por muy ridícula que hoy nos pueda parecer, seríamos capaces de resolver con una violencia desmedida y sin control que todos hemos conocido en algún momento de nuestras vidas y que hoy en día sigue habitando dentro nuestra, tiene que convertirse en un ejercicio de responsabilidad con nosotros mismos (y sobre todo, hacia los demás).

Y supone reconocer que ahora estamos incorporando nuevas maneras de resolver las cosas (esa es la buena noticia), a pesar de que somos conscientes de que el impulso va a seguir apareciendo (esa es la mala noticia).

La cuestión es que hacemos con ese impulso y como lo vamos a gestionar. Palabra mágica donde las haya, que tendremos que grabarnos a fuego si no queremos desviarnos del camino elegido por el que vamos transitando poco a poco.

De reconocer de donde venimos y cómo hemos aprendido a resolver históricamente este tipo de situaciones.

Y de como no estamos dispuestos a seguir resolviendo estas mismas situaciones que se siguen produciendo en nuestro día a día.

No podemos asegurar que vayamos a cambiarnos nosotros mismos de una forma tan radical que ni siquiera nosotros vayamos a (re)conocernos.

Eso no va a pasar.

Pero sí podemos conseguir algo que es sensiblemente más fácil.

Que es cambiar las conductas, nuestras conductas.

A poner consciencia donde antes había una reacción automática (inconsciente).

A poner contención donde antes había explosión.

A poner compasión si es necesario, ante la persona que tenemos enfrente, que quizás no se encuentra en el mismo momento del aprendizaje en el que nosotros sí estamos inmersos.

En definitiva, a poner en marcha todas y cada una de las herramientas que poco a poco vamos incorporando tras cada sesión.

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