El sentido y el sentir de los Círculos de Hombres 2


Recuerdo hace varios meses una conversación que mantuve con un padre que mostraba interés sobre el funcionamiento de los círculos de hombres que venimos organizando y desarrollando desde hace tiempo.

Él había sido padre por primera vez desde hace un par de años, y aunque nos seguía “la pista” a través de las redes sociales puntualmente, sentía que su presencia, su tiempo, su atención, se lo tenía que dedicar en exclusiva a su hijo (y a su pareja) por razones más que obvias, y que era ahora, cuando la edad de su hijo le permitía algo más de flexibilidad de horarios y necesidades, cuando se planteaba “experimentar” con esa curiosidad que todavía tenía pendiente de resolver, que era la de poder asistir a un círculo de hombres.

Recuerdo también en esa conversación, como yo le explicaba justo todo lo contrario, argumentando mis razones para actuar de una manera totalmente diferente a la propuesta por él.

Yo tuve la sensación en un momento de mi vida, que tenía que “dejar de lado” a mis hijos (solo temporalmente, un par de horas cada 15 días), y que, gracias a esas reuniones de hombres conseguí volver a conectar con mis hijos de la forma, en que quizás, nunca antes había podido o había sabido hacer.

Así que, vistas las cosas desde dos polos tan opuestos, y ambos perfectamente entendibles, comprensibles y acertados (no tenemos una forma “buena” de hacer las cosas, solo una forma diferente de tratar de resolverlas), se puede decir sin miedo a equivocarnos, que cada persona, cada hombre, cada padre (esto último, no es requisito indispensable, pero sí es algo que tenemos en común una amplia mayoría de los asistentes a los grupos) que se acerca a los círculos de hombres, tiene una poderosa razón para acudir a los mismos, o para no acudir, o para acudir cuando su vida se lo permite, lo requiere o simplemente le apetece.

Y tiene que ver con la palabra “transformación”.

Una transformación personal, individual, que compartimos en grupo, y que llega después de la necesaria etapa de conciencia y consciencia por la cual muchos de nosotros hemos llegado a este punto donde nos planteamos hacer las cosas “de manera diferente”.

   

En la primera semana del 2017 después de las vacaciones navideñas, han sido hasta 4 los círculos a los que hemos podido asistir en apenas 6 días.

Hasta ese punto llega en este momento nuestra “oferta”, nuestra necesidad de reunirnos, y nuestras ganas de compartir nuestras experiencias, nuestros sentimientos, y por qué no decirlo, nuestras emociones en cada momento (“éste es un espacio para hablar desde el corazón, no desde la mente”, nos recuerdan al comienzo de uno de los círculos de esta semana).

Nuestros círculos no tienen un carácter terapeútico, no están dirigidos ni “encauzados” por psicólogos, ni por personas que busquen un fin o un objetivo final entre los asistentes. No tienen un guión previo, ni necesariamente tratan de algún tema en específico.

Aunque sin duda, el efecto o las consecuencias que consiguen entre los asistentes, sí que se pueden considerar terapeúticas, porque nos hacen sentir bien, nos ayudan y nos permiten espacios de reflexión que redundan en mejores relaciones personales, con nosotros mismos y con las personas que en nuestra vida tenemos a nuestro alrededor.

Se trata de buscar espacios de confianza, de confortabilidad, en donde personas que en un momento dado, no se conocen de nada, puedan abrirse y compartir experiencias que solo por el hecho de ser verbalizadas y compartidas hacia los demás, crean un sentimiento de pertenencia y de utilidad que sin duda, son un privilegio a los que desde allí escuchamos y que pueden revertir en mejorar nuestra relación con nuestros semejantes (pareja, hijos, familia, amistades, etc) ya que cada persona, soluciona y vive sus propias experiencias de una manera especial y singular que puede ser de utilidad para los demás.

A nadie se le escapa, que cuando nosotros “estamos bien”, nuestros hij@s también están bien (una máxima que, desgraciadamente, también se puede comprobar al contrario, cuando no estamos “tan bien”; con lo cual, nuestro trabajo y desarrollo individual y personal no solo es beneficioso sino necesario).

Vengamos de donde vengamos, nos preocupen las cosas que nos preocupen, nos separen las diferencias que nos separen, los círculos nos acercan, nos mantienen en un mismo plano, a una misma distancia, y ayudan sin duda, a poner en práctica y en la importancia que se le tiene que dar, a nuevos modelos de paternidad y de nuevas masculinidades que sin duda, reclaman estos tiempos.

Estamos en un espacio en donde la palabra “amistad” adquiere un nuevo status e importancia.

De todos es conocido, que con nuestros amigos quedamos a cenar, a tomarnos unas cervezas, o a compartir viendo juntos un partido de fútbol o incluso hablando acaloradamente de política.

Nada de esto es necesario ni surge en los círculos de hombres.

Lo que verdaderamente nos une a nuestros compañeros de viaje, a nuestros compañeros de los círculos de hombres, son vínculos que nos llevan un paso más allá en nuestras relaciones personales.

Lo que compartimos en estos círculos es probablemente, nuestra parte más esencial, más emotiva, y por qué no decirlo, una de nuestras parcelas más íntimas e importantes que, como hombres, no hemos encontrado a lo largo de nuestras respectivas vidas, el espacio y la compañía donde desarrollar de manera más respetuosa y querida, relaciones de igual a igual con otros hombres (algo históricamente imposible, pues desde siempre se nos ha perpetuado esa necesidad de “competir” entre hombres y de no expresar emociones ni sentimientos entre nuestros “competidores”, ya que se consideraba un sentimiento de vulnerabilidad y por tanto de debilidad).

Lo que compartimos en estos círculos son probablemente experiencias y sentires que muchas personas cercanas a nosotros mismos desconocen o no saben en su justa medida, porque históricamente a los hombres no nos han permitido expresarnos de la forma y de la profundidad que en estos espacios nos permitimos.

Espacios donde se guardan escrupulosamente los turnos de palabra (que van surgiendo de manera orgánica y sin ninguna obligación para participar), donde se respeta el uso de la palabra, donde se acompaña de una forma maravillosamente cercana, y en donde a veces los silencios, las miradas, los abrazos y la respiración del propio grupo de personas que se encuentran a tu lado, son la mejor compañía y apoyo posible.

Si todavía no sabes lo que es un círculo de hombres, te animo a que lo averigües.

Que lo experimentes.

Que lo vivas.

Que lo sientas.

Y que actúes en consecuencia.

No existe una manera buena de hacer las cosas, solo una manera diferente de hacerlas.

Y esa nueva manera de afrontarlas y de llevarlas a cabo, sinceramente, te puede cambiar la vida.

Víctor Sánchez

Círculos de Hombres

 


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