Círculo Centro Penitenciario Soto del Real 26/07/22


Asuntos pendientes

Sin duda, uno de los grandes descubrimientos a lo largo de la Historia, fue cuando después del final de la Edad Media, se demostró que la Tierra, junto a los demás planetas y sus respectivos satélites, giraban alrededor del Sol, y no al revés.

La Tierra, como núcleo central del conocimiento y saber humano y de la vida en mayúsculas, siempre se había considerado el centro del universo. ¿Quién podía imaginarse que podría ser de otra manera?

Pues aunque pueda parecer un tanto exagerada la comparación, me vais a permitir que la gran mayoría de hombres, consciente y/o inconscientemente, seguimos inmersos en un dilema (o mentira) similar, pensando que todo gira alrededor nuestra.

La “visión del mundo y de las relaciones sociales centrada en el punto de vista masculino” tiene un nombre y es androcentrismo.

Y la prueba de que no concebimos que las cosas puedan mirarse de otra manera es que seguro que no conoces la palabra contraria o antónimo de androcentrismo. ¿A qué no?

Esto es fácilmente demostrable, cuando echamos un vistazo a las sesiones que ya hemos compartido con anterioridad en este círculo de hombres, y a los temas de los que hemos hablado y del enfoque desde el cual los tratamos.

Nos cuesta salir del yo, apenas hablamos de los y las demás, con lo cual no vemos, no sentimos las consecuencias de nuestros actos, porque solo vemos desde nosotros hacia adelante, no vemos a nuestro alrededor, y mucho menos hacia atrás, con una mirada más comprensiva, más sensible, más humana.

Tenemos muy claro y no nos cuesta hablar de lo que nos pasa a nosotros, pero cuando queremos hablar de lo que les pasa a otras personas, que incluso sean cercanas a nosotros, no solo nos cuesta hablar sobre ellas, sino que nos mostramos mucho más desconcertados y sin saber qué decir y analizar sobre lo que les afecta y en qué medida les afecta.

Somos unos verdaderos expertos en nosotros mismos (aunque tengamos muchas lagunas y contradicciones en cuanto a saber y entender cómo hemos llegado hasta aquí, y en cómo esto nos ha afectado en nuestras vidas) pero ni siquiera apenas hemos alcanzado la categoría de aprendices, cuando se trata de mirar más allá nuestra.

Esto, que parece aparentemente intrascendente o que todavía no valoramos en su justa medida, nos impide entre otras cosas, conectar con la empatía.

Sentir no solo que delante nuestra hay una persona de igual valor a nosotros, sino que sus malestares o interacciones con nosotros mismos pueden generar dolor, y que ese dolor o sufrimiento no lo podemos calibrar o valorar por nosotros mismos, nos frustra.

Y lo que nos frustra, tal y como hemos mal aprendido a lo largo de nuestras vidas, lo dejamos directamente de lado. Lo apartamos. Sin resolver. Y pasamos a la siguiente etapa.

Trato de poner un ejemplo muy sencillo.

¿Alguna vez has golpeado a alguien y has llegado a decir algo así: “bueno, no exageres, que tampoco es para tanto, que no te he dado tan fuerte”?

Nos cuesta integrar que la única persona válida para valorar el daño que le ha hecho una de nuestras acciones o comportamientos es la persona que lo ha recibido.

Nuestro papel, no es restarle/negarle importancia a esa experiencia, sino tratar de conectar con ella, darle la importancia que se merece y responsabilizarnos de nuestro acto.

Dicho de otra manera, la regla de las tres “R”: Reconocimiento, Responsabilidad, y Reparación.

¿En cuál de esas etapas o fases nos solemos quedar? Me da la impresión de que no somos capaces de pasar ni siquiera de la primera.

Y si no somos capaces de sentir y entender esto tan básico, es más que evidentemente que tenemos un problema serio, ya que estaremos siempre encerrados en el bucle de la violencia, y lo único que buscaremos es restarle importancia y no hacernos cargo de nuestros actos.

Por eso era tan importante (y difícil, porque nos cuesta y mucho llevarla a cabo) la propuesta de esta semana.

Al final de la sesión pasada proponíamos reflexionar sobre esos asuntos pendientes que se han quedado sin resolver en nuestras vidas. Darnos tiempo entre una sesión y otra, pensar sobre ello, y tratar de buscar la forma cómo cerrar ese asunto determinado. Aunque fuera de una manera simbólica, con una carta, una reflexión o algo similar.

Como es normal, surgieron un montón de situaciones, que inevitablemente nos tenían que remover e incomodar.

Normalmente, una situación no resuelta, es un nudo que se nos queda agarrado en nuestro interior. Podremos pensar o autoengañarnos, diciéndonos que nos duele poco o que ni siquiera nos afecta (esa falsa coraza masculina que tantas veces hemos llevado puesta), pero lo que está claro que el paso de tiempo no juega a nuestro favor, y se va enquistando.

Y sumando a los siguientes y sucesivos asuntos pendientes que venimos acumulando a lo largo de nuestras vidas, el peso de la mochila se va haciendo cada vez, más y más insoportable.

Hasta el momento en que aprendamos a cerrar ese tipo de asuntos, a que aprendamos a que la violencia no ayuda a cerrar esos asuntos (todo lo contrario, lo único que consigue es hacerlo saltar por los aires), y empecemos a hacer las cosas de otra manera bien diferente.

A que no busquemos excusas en el contexto (alcohol, drogas, discusiones, conflictos, etc.), ni traspasemos siempre la culpa o la responsabilidad de lo allí sucedido, hacia el “otro”, y nos centremos en buscar nuestra responsabilidad en esas acciones que nos han llevado hasta donde nos han llevado.

A que sintamos a quién dejamos ahí fuera. Sin nuestra presencia. Sin nuestro apoyo (y viceversa). No por sentirnos culpables, sino por sentirnos responsables de que nuestras acciones tienen consecuencias, y no solo tienen consecuencias en nosotros, sino que las consecuencias las sufren (y mucho) todas y cada una de las personas que nos rodean, que dependen en mayor o menor medida de nosotros.

No hemos venido a este mundo solos.

No vivimos solos, aunque sintamos que en muchas ocasiones estamos muy solos.

Y la culpa no la tienen siempre los demás.

No son siempre ellos los que nos provocan y nosotros los que reaccionamos en una supuesta defensa propia.

Hay muchas otras maneras de comunicarse, incluso de no comunicarse si lo que queremos es evitar un conflicto e intuimos que la persona de enfrente no está dispuesta a dialogar de ninguna manera.

¿Qué no será tan fácil ni directo como estamos acostumbrados a hacerlo?

Seguro, pero desde luego, no generará el daño que ha generado hasta ahora la forma en que muchas veces hemos resuelto según qué asuntos.

Tenemos un problema con los límites, con las razones, con los argumentos cuando consideramos que llevamos razón. Pero ¿qué es llevar la razón? ¿Y qué importancia acaba teniendo esa frase, para calmar nuestro ego? ¿Y por qué nos acaba llevando por un camino del que después nos lamentamos?

Seguimos interpretando papeles que alguien nos ha dicho que tenemos que seguir al pie de la letra, aunque no nos guste y sepamos a ciencia cierta que no nos sientan bien.

¿Hasta cuándo lo vamos a seguir haciendo?

¿Cuándo vamos a aceptar que existen otras maneras de ser y de hacer las cosas?

Si hay algo que me ha quedado claro a lo largo de los últimos años de asistir a círculos de hombres, es que nuestras vidas masculinas adultas han dejado por el camino, un sinfín de víctimas (y vidas rotas) a las que no hemos dado siquiera el beneficio de la comprensión.

Y eso no lo hemos hecho como herramienta de autodefensa para no permitirnos que nada nos pudiera afectar más de lo que hubiéramos querido.

Nuestra huida hacia adelante siempre va acompañada de un sufrimiento continuo que no se nos acaba de despegar. Con lo cual, tan buen resultado no nos está dando.

Esos pequeños pedacitos de nuestras vidas, esos bocados de una realidad pasada siguen ahí. En ese pequeño compartimento en donde quedan los recuerdos almacenados.

Los recuerdos y los asuntos pendientes.

Cubiertos por el miedo y la vergüenza a comunicar o a expresarlos como es debido.

Como me gustaría poder decir un simple te quiero a mi padre y a mi madre, antes de que el tiempo y de las energías, implacables, se les acaben.

Como me gustaría pedir perdón a aquel niño al que en el colegio acosábamos para demostrar lo hombres que éramos por aquel entonces. Y saber y sentir qué ha sido de su vida después de tantos años, y en cómo le afectó esa experiencia que nunca tenían que haber vivido, a su vida actual.

Como me gustaría volver atrás también en el tiempo, para poder despedirme de alguna de mis parejas, de una manera totalmente diferente. Sin volcar mis frustraciones, mis incompetencias emocionales, mi falta de cuidados y responsabilidad afectiva en la relación en ellas.

O esa paciencia tantas veces rota cuando en la crianza de mis hijos, sentía que todo se desbordaba fácilmente a mi alrededor.

O esa vez que en la calle, no ayudaste a quien debías y miraste a otro lado, por miedo a ser también golpeado.

Se me ocurren tantas situaciones, tantos recuerdos y asuntos pendientes no resueltos, que la lista me temo, podría llegar a ser interminable.

Y a ti, ¿hasta dónde eres capaz de llegar con esta lista y qué se te ocurre para que en cada uno de esos casos seamos capaces de restaurar el daño ocasionado?

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