Me llamo Manuel, soy enterrador. 2


Me llamo Manuel y soy enterrador.

Mi trabajo requiere de máxima flexibilidad. Los expedientes me llegan de un día para otro. No se pueden demorar ni planificar. A veces incluso me solicitan por la mañana que actúe esa misma tarde. Es verdad que cuando así ocurre, siempre suelo dar un tirón de orejas a quien de ese modo ha requerido mis servicios. Ellos ya saben que sin el tiempo adecuado se pueden cometer errores graves, y luego pasa lo que pasa. Aunque es verdad que comprendo las circunstancias.

No sé muy bien cómo he llegado a especializarme en esta función que ahora desempeño. En realidad, siempre he tenido vocación por los Recursos Humanos. Y recuerdo aquel tiempo en que mi labor era desarrollar un programa de motivación y coach para directivos y empleados con proyección. Reconozco que estaba muy satisfecho con aquel proyecto. Manejaba un buen presupuesto y todo el mundo quería estar en mi “Talent Pool”. Me sentía reconocido, querido y apreciado.  Lo echo de menos. Pero todo eso es pasado. Los tiempos han cambiado. Ahora me dedico a otra cosa. Supongo que porque alguien tiene que hacer esta nueva labor que cada vez es más demandada. En este momento es un no parar.

Mi “cliente” es cualquier jefazo, jefe o jefecillo que tenga algún cadáver en su departamento (así llamo yo coloquialmente a mis expedientes). En lo que va de año llevo 25. Siempre en el límite para no entrar en un ERE. Yo llevo las cuentas de eso también. Es una responsabilidad grande porque, por supuesto, también la llevan los sindicatos. Todo empieza cuando recibo un correo electrónico para activar el procedimiento.  Con copia a mi director y al comité de dirección.  Necesito muy pocos datos en el formulario: Número de empleado, fecha y hora requerida, ubicación y consideraciones.  Lo tengo todo mecanizado. A continuación, preparo la carta con la comunicación y la liquidación correspondiente. Por otro lado, envió nota a seguridad y al responsable informático.  La clave es que quede muy clara la fecha y la hora exacta. Mi misión es cumplir a tiempo.

¡Y allá vamos! Esta mañana a las 11:00 toca un subdirector de marketing. Llevaba en la empresa 8 años. Su jefe no va a personarse (cada vez más a menudo suele ocurrir que tengo que actuar solo).  Preparo una carpeta con la documentación y, sobre las 10:45, subo a su planta. Sé que estará en su despacho porque a las 11:00 cree que tiene una reunión.  He reservado una sala contigua. Es muy recomendable resolver en un espacio neutro, a salvo de posibles interrupciones. Mientras cruzo el departamento siento las miradas de reojo de sus compañeros. Saben perfectamente que algo va a ocurrir, lo huelen, lo intuyen. Para ellos yo soy un pájaro de mal agüero y yo ya estoy acostumbrado. Llamo a la puerta de su despacho y entro sin esperar. “¿Me acompañas un momento?”, le digo. “¿Ahora?”, contesta con su cara mutada al verme. “Si, ahora, por favor”, no le dejo opción, es clave que no reaccione.

El resto suele ir rodado. Pasamos a la sala. Se respira la tensión. Pocas palabras son necesarias: “Ya conoces la situación de la compañía. Ha habido reestructuración y, por desgracia, tu perfil no encaja en el nuevo modelo. Lo siento. Aquí tienes la carta con la comunicación y la liquidación. Son dos copias de cada. Firma ambas, por favor”.

No dice nada. Su cara lo dice todo. Se mantiene digno y entero. Esta vez parece que no van a haber mayores problemas. Firma “no conforme”. Todos firman igual. Le pido el móvil, la tarjeta de identificación y las llaves del coche de empresa. No se resiste, se deja llevar en silencio. “¿Puedo recoger mis cosas y despedirme?”, me pregunta con voz indudablemente tomada. “Bueno, yo te acompaño. Recoger sí, pero despedirte, mejor fuera. Ya sabes cómo funciona, tienes que dejar el edificio ahora”.  Salimos de la sala y le sigo detrás. Camina con la cabeza baja. Todo el departamento está ahora en silencio absoluto. Nadie dice nada. Cerca de la puerta de su despacho ya ha llegado el de seguridad. Pocas veces tiene que intervenir, pero nunca se sabe. Un par de compañeros se han levantado, se acercan y le abrazan. Son 8 años juntos, se comprende. “Vamos recogiendo, por favor. No te preocupes por el ordenador, ya han cancelado las cuentas. Los de informática lo retiran”.

Tomamos en silencio el ascensor. Bajamos a la calle. Le acompaño hasta el otro lado de la barrera de acceso. Le doy la mano. “Suerte, ya sabes dónde estamos”.

El resto es historia. El número 26 ha sido enterrado.

Texto de Justo Fernández

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


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2 ideas sobre “Me llamo Manuel, soy enterrador.

  • Víctor Sánchez

    Cuando vuelvo a leer tu texto me surgen las mismas imágenes de los compañeros de trabajo de ese «número 26», como resignados, se mantienen en silencio y bajan la mirada a su espacio, a su ubicación enfrente de su ordenador, y en definitiva a seguir realizando esa tarea que como cualquier abeja en un panal sabe que tiene que hacer de forma continua y repetida.
    Sin preguntarse por qué un día nació como abeja «obrera» y por qué le ha tocado trabajar en un lugar (sistema, sociedad) donde las explicaciones más básicas ya no son necesarias o por lo menos no para quienes dirigen (o creen dirigir) un sistema que un día también se volverá en su contra.
    Magnífico texto Justo. Gracias por compartirlo.