El monstruo que habita en mí 2


  • Todos sabemos que desde niños, los hombres (sobre todo en la generación actual de padres de 35-45 años, que es la que mejor conocemos a través de nuestros Círculos de Hombres) hemos sido criados (o nos han dejado crecer) en modelos de crianza donde la figura paterna ha estado por lo general ausente (física y/o presencialmente) y donde se nos ha educado (o hemos «vivido» en determinados escenarios que la sociedad da por buenos -no vamos a hacer responsables única y exclusivamente a la educación recibida en nuestras familias-) en emociones que si no son “negativas” (todas las emociones son necesarias en su justa medida y desarrollo emocional), sí tienen consecuencias que marcan inevitablemente nuestro posterior camino o tránsito de nuestra etapa como hombres y padres en edad adulta (algunos, gracias a importantes y constantes trabajos personales e individuales han conseguido corregir ciertos aspectos de su educación más temprana).

 

 

 

Es inevitable echar (ligeramente) un vistazo atrás, y ver como la literatura más clásica (y la no tan clásica) ha tomado como protagonista de sus relatos y de forma bastante habitual, a modelos de masculinidad (ahí tenemos el reciente estreno de “La Bella y la Bestia” -reducto simplista pero efectivo de qué tipo de emociones se vinculan a un perfil o género -femenino y masculino- y los resultados o expectativas que se esperan de uno y otro-, u otras figuras tan famosas o más como el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde; El Hombre Lobo; Hulk…) donde a raíz de cualquier “incidente” que no sabemos resolver, el hombre muestra y da paso a un monstruo interior que decide, tomar las riendas de su vida en ese momento (de él y por consiguiente de las personas que se encuentran a su alrededor), haciéndose «dueño» de la situación, con las consecuencias que en cada caso nos podamos imaginar.

No es que el hombre se comporte de esa manera “permanentemente”, pero sí es cierto, que en determinadas situaciones o conflictos mal resueltos (porque no sabemos resolverlos o no nos han enseñado a resolverlos de otra manera), aparece cuando menos se lo espera.

Sin que podamos o sepamos en alguna ocasión gestionarlo de la manera más adecuada…

 

Un ejemplo.

El otro día, en el muro de una amiga con la que comparto amistad en Facebook, nos hacía la siguiente pregunta o petición, a raíz del siguiente enlace:

https://eldemonioblancodelateteraverde.wordpress.com/2016/05/07/la-masculinidad-esta-matando-a-los-hombres-la-construccion-del-hombre-y-su-desarraigo/

“…El daño que la educación machista inflige a los hombres es brutal. Localicemos el problema y pongamos remedio. Todos estos caminos nos llevarán a la ansiada igualdad.

Amigos hombres: os animo a compartir alguna frase o mensaje implícito que, en edades ya conscientes, os haya quedado grabada a fuego, por resultaros injusta hacia vuestra individualidad y sentimientos, en cuanto a lo que la sociedad patriarcal espera de vosotros como niños y hombres

Si no es mucho pedir…   Quiero aprender y comprender…”

 

Mi respuesta, improvisada y espontánea fue la siguiente:

 

“…  Los hombres no lloran.

Un clásico que hace escasos segundos acabo de oír dos veces (mientras escribo estas palabras) de fondo en la TV que están viendo los hijos (película «infantil» recordemos). En apenas 20’…

Más:
Corres como una niña.
Pegas como una nenaza.
Pareces un «mariquita» (algo en lo que no muestras la suficiente hombría ni rudeza).
¿Dejas que tu mujer te diga lo que tienes que hacer? Calzonazos…


La lista es infinita…
Si solo la dedicamos al lenguaje.
Pero no siempre lo peor es lo que se dice.

Eso es lo más fácil de detectar.

Lo peor es lo que hace de forma más sutil.

Más oculto.

Sobre todo, desde bien pequeñitos.

Falta de cariño.

De abrazos.

De conversaciones sobre tus problemas.

De negación de emociones o de reducción a un puñado de solo unas pocas en la que los hombres somos auténticos expertos (rabia, ira, furia, enfado, etc), y en la que estamos infinitamente descompensados en cuanto a las mujeres.


Tantas veces que a los hombres se nos «acusa» de inmadurez y con razón (generalmente juicios provenientes de mujeres no necesariamente nuestras parejas)…


No dejamos de ser unos críos a medio crecer, en los que no sólo no nos han permitido vivir nuestra niñez (o la han cortado y coartado en tiempo y en profundidad) sino que nos han precipitado rápidamente a un mundo adulto donde sólo cabe la competitividad entre hombres y la conquista de mujeres…


La conversación daría para largo y tendido…


Ahí lo dejo como aperitivo. 
…”

 

 

Y dejo una posterior reflexión, mostrando a donde nos llevó semejante improvisada conversación/debate, después de apenas un intercambio de 4 o 5 frases:

 

“… Voy un poquito más lejos….


Si solo nos «permiten» desarrollar y profundizar en emociones como las que he citado anteriormente, ¿de qué manera nos están diciendo que debemos resolver nuestros problemas cuando surjan? …”

 

 

La furia, la rabia, la ira, el enfado… No hace falta recordarlo. 🙁

 

 

Viejas conocidas de nuestros Círculos de Hombres.

Porque suelen estar muy presentes.

Muy a menudo.

Generalmente en conflictos con las rabietas de nuestrxs hijxs donde nos vemos superados y puestos “al límite” en situaciones en los que no estamos acostumbrados a lidiar.

 

Y por alguna razón será.

 

Y no puede más que venirme a la mente, el siguiente libro que me enseñaron en una escuela infantil de “crianza respetuosa”.

 

        

 

Y sinceramente, no pude más que sentir pena y frustación a partes iguales.

Pena por hacer responsable a los niños de situaciones que ni siquiera los adultos hemos aprendido a gestionar.

Frustación por situaciones que no solo no aprendemos a acompañar, a empatizar, y a resolver de manera adecuada (en la gran mayoría de los casos, no en todos) con nuestros pequeños, si no, que ni siquiera por nosotros mismos, somos capaces, desde la paternidad más consciente y respetuosa, de manejar convincentemente.

Y, eso, ¿en qué situación nos deja?

Sigo, ¿en qué situación deja a nuestros hijos?

¿Cómo podemos hacer responsables a nuestros hijos de problemas que ni siquiera nosotros a lo largo de vidas mucho más extensas hemos sabido responder o afrontar?

¿No es una más de nuestras permanentes contradicciones y carencias que arrastramos a través de nuestra incipiente paternidad?

¿Cómo de satisfactoria es nuestra respuesta frente a problemas que nuestrxs hijxs esperan que les resolvamos de manera efectiva?

¿De verdad estamos a la altura de lo que nuestros hijos esperan de nosotros?

Preguntas y más preguntas sin resolver.

Sin fáciles (o con fáciles) respuestas que nos vienen a la cabeza…

¿Y tú, qué opinas?

¿Cómo controlas el monstruo interior que habita en ti?…

 

 

Víctor Sánchez (Círculos de Hombres)

 

 


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2 ideas sobre “El monstruo que habita en mí

  • Maria del Pilar Mantero Uson

    Mucha culpa de todo esto, la hemos tenido las mujeres, somos las primeras ,en diferenciar, que el niño no debe hacer labores de casa, la niña si, el niño no debe llorar, ni mostrar sus sentimientos, tiene que tragárselos ,la niña si puede, el niño no puede jugar con juguetes de niña, pero la niña si puede jugar al fútbol, cosa que en mus tiempos, también se veía mal, etc, gracias, por habrirnos mas los ojos, y no soy mama, ni estoy casada, un fuerte saludo

    • Víctor Sánchez Autor

      Mi particular aprendizaje es sentir que las mujeres no tienen la culpa de un sistema opresor (eso, también os ha hecho mucho daño a vosotras). Para mí, todos esos aprednizajes de los cuales vosotras habéis sido también «responsables» son fruto sin duda, de la sociedad patriarcal y machista en la que vivimos. Ni más ni mmenos. En nuestra mano está el concienciarnos de ellos, y ponerle remedio. Gracias María del Pilar por tu testimonio!!!