En la primera década de este siglo (por Adrián González)


En la primera década de este siglo, fui consciente de la sombra, de la propia, sobre todo de la propia.

La de los demás ya la veía demasiado, pero al ver la mía, pude integrarla y aceptar que las demás también la tenían.

Una vez conseguido esto, que no fue nada fácil, me ayudó en mi proceso de comprensión y de compasión a las personas.

El siguiente reto fue poner límites y saber decir que no. Para lo cual fue preciso tener una conciencia clara de quien era yo y hasta donde llegaban mis propios límites, he de decir que esto aún me cuesta todavía, pero lo logro cada vez más.

En los últimos años y gracias a saber quién era yo y sentirme un ser único, teniendo más consciencia de mi propio ser, he sido consciente por primera vez de TODOS LOS SERES HUMANOS que poblamos la tierra. 7.444 Millones de personas. Y me he cuestionado si verdaderamente soy “ESPECIAL” o “DISTINTO” o tan genial, como me considero a veces.

La corriente neoespiritual, por llamarla de alguna manera, nos hace pensar que somos especiales, únicos, maravillosos y nos distancia de los demás. Esto tiene sentido en un momento dado, porque nuestras autoestimas están por los suelos y dependemos mucho de los demás para sentirnos bien, y hay que dotar a la persona de las herramientas y sobre todo del amor necesario, para que se sienta una persona plena. Lo entiendo.

A todo esto contribuye la idea de las casualidades y los encuentros inesperados, que ayudan a crear la concepción de que el mundo es pequeño y que hay alguna energía o algo que va creando un camino que nos lleva por donde encajan perfectamente ese tipo de sincronicidades.

Todo esto tiene sentido, si nos lleva a trascender la idea de que somos únicos y especiales, que lo somos, pero no con respecto a los demás, sino por nosotros mismos. Sentirnos únicos y especiales, nos hace creernos que los demás CREAN el tráfico, que hay mucha GENTE en la playa, o que no tengo que esperar esta COLA en el Mercadona, por no hablar de los gafes, que nos chafan que nos toque la lotería y un sinfín de ejemplos cotidianos, que me gustaría leer en los comentarios.

Ser UNO significa que somos iguales y diferentes, pero ni más ni menos que los demás.

Y parte de este proceso lo he aprendido acudiendo a los círculos de hombres, donde se habla se comparte, se queja, se llora, se ríe, se abraza, se escucha y se aprende.

Un abrazo sentido y profundo.

Adrián González. Hombre, hijo, padre y ser “humano”.

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