The Mask You Live In (2015), de Jennifer Siebel


 

 

“Uno de mis primeros recuerdos es estar con mi padre en el sótano aprendiendo cómo mover las manos para lanzar golpes y puñetazos.

Fue ahí cuando dijo esas palabras: “Sé un hombre, no llores, no muestres tus emociones, un hombre debe dominar y controlar a las personas y a las circunstancias”.

Me hizo sentir mucha vergüenza.

Salí de ahí con lágrimas en los ojos, sentía que no era un verdadero hombre.

El fútbol -americano- es perfecto para esconderte.

Te escondes con el casco o con el ruido del público.

Proyectas una apariencia y personalidad, la idea cultural de lo que significa ser hombre.

Creía que esta hipermasculinidad validaría quien era yo como persona.

Así tendría el respeto de mi padre mostrando mi poder, fuerza y resistencia. Y así él me daría el cariño que yo necesitaba.

Como hombres debemos preguntarnos a qué edad y en qué contexto alguien nos dijo: “Sé un hombre”.

Pues es una de las frases más destructivas en esta cultura…”

–Joe Ehrmann-, (exjugador y entrenador de Fútbol Americano)

 

 

 

¿En qué momento de nuestras vidas dejamos de ser niños y nos convertimos en hombres adultos prematuros, sin apenas desarrollar ciertas capacidades y emociones, pero perfectamente “educados” en lo que tenía que ser la “identidad masculina”?

 

¿Quién decidió qué debíamos o que no debíamos hacer respecto a la expresión de nuestras emociones para no dejar de “ser hombres” en ningún momento, en ese concepto tan rígido e inamovible de lo que (esa imagen de) la virilidad tiene que imponer?

 

 

¿Quién estableció las diferencias tan actualmente marcadas y tan decididamente desiguales entre hombres y mujeres que tenemos a día de hoy? Cada vez más diferentes, cada vez más diferenciadas, cada vez más enfrentadas…

¿Desde qué edad tan temprana nos han enseñado a no ser, ni a comportarnos bajo ningún concepto como “una niña”?

¿A medida que vamos creciendo y desarrollándonos, qué perversa mirada sobre el género femenino vamos adquiriendo de forma tan aparentemente sutil e inofensiva sobre la forma y los límites en los que debe ubicarse cada género?

¿Qué imagen de la mujer tan delimitante y castrada se proyecta en los hombres a medida que van creciendo y formándose (emocional, sexual y socialmente) y lo qué es peor, qué consecuencias trae consigo para el género femenino estas enseñanzas de género tan normalizadas y socialmente aceptadas?

 

“Por mucho tiempo se ha creído que el hombre y la mujer eran seres totalmente distintos. Se ve desde la Biblia. El sexo es un término biológico, es el número de cromosomas. XX es femenino. XY es masculino. El género es un constructo social, son expresiones de masculinidad y feminidad. Son espectros que se sobreponen.”

-Lise Eliot- (Neurocientífica)

 

“Los niños y niñas son humanos iguales y tienen muchas más similitudes que diferencias. Si haces 50.000 pruebas psicológicas a niñas, tienes una curva de campana. Si haces la misma prueba a 50.000 niños obtendrás otra curva de campana. Si las sobrepones habrá un 90% de solapamiento. Es posible ver diferencias a los lados. Y éstos son los rasgos que crean estereotipos.”

-Michael Thompson- (Psicólogo)

 

  

 

¿Cómo puede ser que con ese escaso margen de diferencias entre niños y niñas como es ese 10% que nos muestran, se ponga en pie todo un constructo social de género basado en un falso sinfín de diferencias aparentemente insalvables y perfectamente delimitadas entre lo que nos hacen creer que es típico de uno y otro género?

¿Cómo aprenden los niños a existir como niños en el mundo que les rodea?

¿Cómo se relacionan para ser socialmente aceptados?

¿Cómo aprenden a adaptarse a esos ideales o constructos sociales de género, que desde bien pequeños empezamos a construir a su alrededor (antes incluso de nacer)?

¿Desde cuándo los hombres empezamos a odiar aquello en lo que tememos convertirnos?

¿Cómo surge ese deliberado mecanismo de violenta autodefensa masculina, contra aquello que consideramos “diferente” y por lo tanto necesariamente “inferior”?

¿Quién y de qué manera alimenta esa sociedad y esa cultura que no valora “lo femenino”?

¿Cómo comienza esa primera socialización de los niños en su entorno?

¿Qué ocurre en el colegio?

Ese primer escenario fuera de la aparente y necesaria educación de la unidad familiar, y primera toma de contacto con la sociedad y con la socialización de nosotros mismos como individuos que tienen que vivir en aparente armonía con su entorno.

 

Veamos algunos ejemplos y cifras al respecto, que no hacen sino presagiar los peores augurios:

 

-1 de cada 4 niños sufre acoso escolar (solo un 30% de ellos lo comunica a un adulto).

-A los 12 años, el 34% de los niños ha probado ya el alcohol. Su razón: evitar sentirse solos y olvidarse de todo.

-Cada 3 minutos, un joven se suicida.

-Menos del 50% de hombres en su edad adulta, con problemas de salud mental, piden ayuda.

 

 

A la edad en la que empieza a desaparecer el lenguaje emocional en los niños, hay justo 5 veces más tendencia al suicidio que en las niñas.

Y empiezan las emociones masculinas a esconderse y a centrarse en mantener esa “máscara” a la que alude el título del documental.

La imagen o fachada que proyectamos hacia el exterior. Lo (poco) que nos permitimos enseñar.

Y el interior de nuestras respectivas masculinidades, que procuramos ocultar. Ahogadas y a medio resolver, cúmulo de conflictos interiores y exteriores que no nos dejan vivir en calma y que necesariamente influye en nuestro entorno.

¿Por qué esa obsesión o costumbre tan masculina por ocultar el dolor?

¿Cómo gestionamos ese sufrimiento endémico interior que nos provoca la no expresión de nuestras emociones?

La aparente y permanente imagen de indestructibilidad que el género masculino debe mantener pase lo que pase y en presencia de quien sea, provoca que tengamos que convivir a escondidas con el sufrimiento que genera precisamente el ocultarlo de esa manera autoimpuesta, porque no nos sentimos seguros.

Porque es un signo de debilidad.

Y ya sabemos que los hombres odiamos todo aquello que signifique o que destile “debilidad”.

Quizá, si tuviéramos el espacio adecuado para expresarnos tal y cómo somos y nos sentimos.

Quizá si la sociedad no nos tuviera vetadas esas muestras de vulnerabilidad, y de falta de fortaleza en momentos determinados y no lo considerase un signo de debilidad, sino un signo de humanidad.

Quizá. Solo quizá, si se dieran un mínimo de condiciones adecuadas podríamos ejercer y expandir nuestras masculinidades lejos de las fronteras que los estereotipos han ido construyendo alrededor de nuestro (limitado) alcance.

A cuántos de los hombres adultos que caminan por las calles nunca les han preguntado: ¿Estás bien? ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Cómo puedo ayudarte?…

¿Cuántos de esos hombres, en un entorno con la confianza adecuada, serían capaces de sacar todos esos sentimientos, experiencias y vivencias ocultas dentro de ellos que tanto les oprimen e inquietan?

¿Cuántos de esos hombres conseguirían iniciar un camino de autoconocimiento propio, de desarrollo personal e individual y de sanación de heridas o ausencias emocionales que vamos arrastrando a lo largo de nuestras vidas?

Muchos jóvenes quieren entender que es ser hombre.

En muchos casos, crecen sin una figura o modelo paterno en el que fijarse de manera positiva.

Y allí se encuentran en la extraña tesitura de investigar un escenario, una etapa de su vida en la que se encuentran extremadamente perdidos y sin referencia alguna, y con una escondida vulnerabilidad que por encima de todas las cosas, les han enseñado a ocultar.

Entonces empiezan a hacer “efecto” los constructos sociales, el entorno de amistades, y los estereotipos de género, antes incluso, que, como individuos con unas personalidades y caracteres bien definidos, sepamos analizarlos, entenderlos y reflexionar sobre ellos, para aceptarlos o desecharlos según creyéramos oportuno.

En vez de eso, esos estereotipos que nos vamos encontrando por el camino, para nada de forma accidental, y siempre “antes de tiempo”, nos van marcando o puliendo, sin que apenas nos demos cuenta (o dándonos cuenta cuando ya es demasiado tarde).

 

Cada semana, un niño ve de media 40 horas de televisión, juega 15 horas a los videojuegos y consume 2 horas de pornografía.

Con semejantes mimbres en la más temprana adolescencia, se empieza a construir su particular máscara identitaria masculina.

Y esto, simple y llanamente es lo que se encuentran por el camino:

 

El 30% de los jóvenes son adictos a los videojuegos.

El 90% de los juegos para mayores de 10 años contienen escenas de violencia explícita.

El 50% de los padres no revisan las clasificaciones de los videojuegos.

A los 18 años, un chico ha visto a lo largo de su corta vida 200.000 actos de violencia en una pantalla, incluidos 40.000 asesinatos.

El 34% de los jóvenes que navegan por internet, reciben pornografía no solicitada.

El 93% de los niños están expuestos a pornografía en internet.

El 68% de los niños ve pornografía cada semana, y un 21%, todos los días.

El 83% de los jóvenes ha visto algún tipo de escena de sexo en grupo en internet.

El 39% han visto prácticas masoquistas.

El 18% incluso ha visto violaciones.

El 35% de los jóvenes estudiantes reconocen que violarían a alguien sino fuera un delito.

1 de cada 5 mujeres estudiantes es víctima de acoso sexual, ya sea intento o cometido.

Cada 9 segundos una mujer es acosada o golpeada.

Estar expuesto a pornografía aumenta la agresión sexual un 22%, y aumenta un 31% la aceptación de violaciones y la idea de que la mujer desea violencia sexual.

3 personas son asesinadas cada hora.

Lo cual suma 30.000 víctimas al año.

Homicidios masivos (con más de 4 víctimas mortales) ocurren cada 2 semanas.

El 94% de los homicidios son cometidos por hombres.

Casi el 50% son menores de 25 años.

El asesino más joven tenía 11 años.

El índice de tiroteos se ha triplicado desde 2011.

……

 

Y así podríamos estar sacando cifras durante horas y más horas…

 

Un niño herido sin duda se convertirá en un (futuro) adulto herido.

 

Sé un hombre.

Sé el hombre que le dé un sentido diferente a esas 3 malditas palabras.

O sé directamente el hombre que no dé ningún significado a esas 3 palabras.

Eliminémoslas de nuestro particular vocabulario.

Construyamos masculinidades despojadas de todos los condicionantes que durante las últimas décadas se han ido vertiendo de forma desproporcionada.

Construyamos a partir de paternidades más respetuosas.

Más cercanas. Más presentes.

Con ejemplos de comportamientos más igualitarios.

Sin violencia.

Sin gritos.

Con (más) comunicación.

Con (más) comprensión.

Con (más) muestras de cariño.

Devolvamos la capacidad de descubrimiento a los niños que durante tanto tiempo les hemos ido arrebatando.

Que vuelvan a descubrir el mundo por sí mismos.

A su ritmo.

En cada momento.

Aprendamos a acompañarles sin indicarles necesariamente cuál es el camino.

Volvamos a confiar en ellos.

Sin maldad.

Sin condicionamientos.

Sin reglas ni normas de género que les condicionen de manera tan evidente, tan temprana y dañina.

Ya que sabemos y estamos convencidos de que el modelo que han utilizado con nosotros, no ha funcionado, probemos a intentar algo distinto, algo diferente.

Desaprendamos el camino hecho.

Y aprendamos a iniciarlo de nuevo, sabiendo ya cómo tenemos que transitarlo.

 

Qué bonito sería poder ver este documental en todos los colegios e institutos, antes de que la edad en la que se produce esa “desconexión” emocional en los niños fuera inmediata e irreversible…

 

http://therepresentationproject.org/film/the-mask-you-live-in/

 

Nota: Todos los datos o estadísticas compartidas en este artículo están tomados del propio documental, con lo cual harán referencia única y exclusivamente al país del que el documental ha sido producido, lógicamente, los Estados Unidos.

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