El brazo armado del machismo (por Justo Fernández)


“La masculinidad dispone de un brazo armado terrorista compuesto de asesinos, violadores, abusadores y acosadores callejeros, aparentemente aislados unos de otros, pero cuyo objetivo común es mantener sometida a la población femenina. 
No se trata de conflictos individuales sino de un perverso mecanismo de ejecución sistemática de actos de terror contra ellas.
Es a través del miedo, como en todos los fascismos, la manera en que se sostiene la Nación Hombre.
Una de las amenazas más habituales es “no te quejes, sabes que hay hombres mucho peores que yo”, invocando así a la existencia cierta del brazo armado.
Es por eso que mientras los hombres tenemos miedo de que las mujeres se rían de nosotros, ellas tienen miedo de que nosotros las matemos”.

Mi corazón me dice esto:

Introduzco este texto exponiendo una intuición, un sentir profundo que, si bien no será objeto de análisis en estas líneas, si es el pilar de lo que me propongo compartir.

la empatía no solo consiste en tratar de ponerse en el lugar de tu semejante. Muchas veces eso no es posible por razones estructurales.
La empatía es conectarse a la emoción, a la vivencia, al sentir de la experiencia del otro, sin cuestionarla mediante la lógica propia.

Los hombres no podemos ponernos en los zapatos de una mujer maltratada o violada, no está a nuestro alcance, por razones obvias.
Los hombres, para comprender, debemos escuchar en silencio sus relatos, sus sentimientos, sus emociones, sus verdades incontestables. Envolvernos, con el corazón abierto en canal, en su sufrimiento y su dolor, que no es cuestionable. Permitir que nos desgarre.
Pero para que eso ocurra, ellas tienen que tener voz y nosotros la boca cerrada (salvo para decir “lo siento en el Alma y haré todo lo que esté en mi mano para que algo así jamás vuelva a ocurrir”).

Y es este sentir que alberga mi corazón lo que me lleva, desde hace tiempo ya, a la decisión de escuchar en silencio lo que ellas tienen que decir, sin atreverme a colapsar sus realidades con mis análisis, subjetivas interpretaciones y masculinas explicaciones. Es solo un cambio de actitud, sin más, pero también es una apertura al aprender a mirar con los ojos de la mitad de la humanidad que los hombres no hemos tenido en cuenta hasta ahora.

Siguiendo esta intuición, hace unos días tuve la inopinada oportunidad de conversar largo con L.. Ella es una mujer conocida a través de los medios, su experiencia personal como víctima de violencia de género también y su expareja, el maltratador, también. Hemos decidido las dos no revelar su identidad en esta ocasión, precisamente para no envolver en pasado su ahora esperanzador presente.

L. está bien, ha pasado suficiente tiempo y se ha trabajado muy, muy, muy mucho como para conversar conmigo con una solvencia y una sabiduría que me produce profunda admiración, teniendo en cuenta su no elegida terrible historia.

Quiero decir en primer lugar que este texto va dirigido fundamentalmente a los hombres, a tipos normales como yo (ellas hace tiempo que ya saben, ya comprenden, desde luego mucho mejor que nuestras masculinas entendederas). Por eso invito al lector masculino a viajar conmigo por el camino que lleva al infierno en vida. Ruego no se detengan ustedes en los hechos, que no detallaré para evitar precisamente su análisis con nuestras miopes gafas masculinas. La propuesta es otra, acompañar a L. en su proceso emocional desde que comenzó su relación con el maltratador hasta que finalmente, años después, una noche, recibió en su casa a la policía (alertada por una vecina) con la cara reventada tras ser golpeada con saña contra el suelo por el miserable. Salvó su vida de milagro. Posteriormente, tras la denuncia de oficio, lejos de haber acabado todo, tuvo que verse en la horrible situación de tener que permanecer encerrada en casa mientras su expareja seguía haciendo su vida con normalidad, recibiendo el mismo reconocimiento social de siempre, como si nada hubiera pasado.

L. nos dice: “Él gozaba de impunidad absoluta, seguía asistiendo a actos, le seguían invitando a charlas y eventos, la gente le seguía aplaudiendo y reconociendo, era yo quien estaba recluida en casa asustada”.

Repare usted, lector masculino, en que se trata de un largo periplo de hundimiento progresivo en el terror y en la alienación personal de una mujer que una vez inició una relación confiada e ilusionada.  La calificación de lo ocurrido no admite paliativos: es cruel tortura sostenida en el tiempo. Imaginemos lo que significa que la persona en quien confías y con la quien convives es en realidad tu verdugo. Ya no existe ninguna posibilidad de estar a salvo, tu enemigo está en tu hogar. Así de sencillo.

L. nos dice: “Se empieza con desprecios, sigue con insultos. Las agresiones verbales, de ser más sutiles, cada vez son más desagradables. Pero no nos damos cuenta. Es tan poco a poco que vamos asumiendo … justificamos a través de lo que justifican ellos, hasta que llega un día en que es una mano encima, otro día son las dos .. y otro día intentan matarte”.

En el caso de L., el principio del fin solo llega cuando mucho, mucho, mucho tiempo después la sentencia condenatoria se hizo firme.

Pero no esperen ustedes, hombres que leen, que la justicia haya actuado contra el miserable torturador teniendo en cuenta el horror de todo el largo proceso de destrucción de la vida de una mujer. Lejos de eso, los jueces no quieren saber nada del proceso de tortura y sometimiento de casi dos años de relación, deciden solo atender a los hechos denunciados y probados de la noche del último estallido de violencia del maltratador y, por supuesto, tienen en cuenta la falta de antecedentes del miserable.

L. nos dice: “A pesar del tiempo transcurrido, todavía es muy duro, todavía no salgo sola del barrio. No me siento segura. Ya ha habido condena por juicio rápido, condena por lo penal, un recurso desestimado … Y aun así, esta persona, al no tener antecedentes, simplemente va a cumplir 56 días de trabajos para la comunidad. No va a tener ningún tipo de alteración en su modo de vida. Mientras, yo, de repente, me encontré que no sabía quién era, me miraba al espejo y no me reconocía, perdí la motivación por todo y me quedé en la nada. Lo peor de la situación, después, es que no eres nadie. Te han llegado a hacer tan minúscula que desapareces …”.

Y todo esto a cambio de 56 días de trabajo comunitario.

Pero existe otro ángulo del proceso judicial que quiero traer también aquí, ante mi conciencia masculina y la del varón lector, y es el texto previo de la sentencia. A pesar del atestado policial que no deja duda alguna al intento de asesinato de L. a manos del maltratador, a los jueces les parece imprescindible investigar y argumentar si la víctima está buscando algún beneficio personal a través de esa denuncia que, como he explicado, ni siquiera la realiza en primera instancia la víctima, sino la propia policía tras ser alertada por una vecina.

L. nos dice: “Voy a usar la sentencia para explicar lo que ocurrió. Sentencia que debo llevar siempre conmigo para justificar que esa persona no puede acercarse a mí. En el juicio no fue necesario que declarásemos ninguno de los dos, porque tanto el testimonio de la policía, como los partes de lesiones y como las declaraciones en el juzgado de guardia eran más que suficientes como para demostrar lo que había sucedido”.

Sin embargo, la sentencia condenatoria recoge esta argumentación:

“No se constata la existencia en la víctima de resentimiento anterior que pudiera enturbiar la sinceridad de su testimonio, haciendo sospechar que la finalidad perseguida por la denunciante no coincidiese con la recta administración de la justicia. Desde luego la circunstancia cierta de que su relación de pareja se encontraba deteriorada, en absoluto significa que por ese solo motivo y sin consideraciones adicionales, pudiera entenderse que la denunciante pretende con sus manifestaciones obtener alguna clase de beneficio ilícito.”

¿Comprenden ustedes, lectores masculinos, el significado profundo de esta parte del texto de la sentencia? Los jueces consideran imprescindible, antes de nada, juzgar a la víctima sobre la posible utilización “interesada” del hecho de denunciar que ha sido objeto de un intento de asesinato por parte de su pareja.

En definitiva, la policía da testimonio (tras llegar al lugar de los hechos justo cuando se están produciendo) de que un hombre ha intentado matar a una mujer en su propia casa y los jueces consideran muy importante aclarar qué fines persigue ella al denunciarlo.

Y no me negaran ustedes, ahora que conocen el detalle, que esto ocurre única y exclusivamente por el hecho mismo de que la denunciante es una mujer. La misma razón por la que el miserable torturador la ha elegido a ella como objeto durante casi dos años de sometimiento, degradación, humillación, violencia y, finalmente intento de asesinato.

Solo por el hecho mismo de ser mujer.

Por todo esto, invoco al lector masculino para que comprenda conmigo, a través de la historia de L. que aquí traigo, la manera en que la misoginia, el machismo y el patriarcado (también en su versión judicial), forman una estructura sistémica en sí misma que asfixia a la mitad femenina de la humanidad. E invito, para acabar, a que decidas conmigo en qué lado tú quieres estar.

Le pregunté a L. si quería decirnos algo especial a los hombres. Ella me ha pedido por favor que os cuente que, si en nuestro entorno observamos cualquier indicio de violencia, aunque sea solo una mala voz o un mal gesto, de un hombre hacia su pareja, entendamos que si han llegado hasta ahí en público, significa que la realidad en lo privado ya es de serio peligro para la integridad y la vida de ella.

“Mucho cuidado por favor … Si se ha llegado a ese punto de “la mano encima” no parará de tratar de dominarla … de someterla … nunca será suficiente para él, hasta que acabe con ella”.

Creo que está claro su mensaje, hombres, pongamos conciencia.

Por último, L. nos dice: “Tenéis que saber que las mujeres que salimos en las noticias no somos las supervivientes, somos las mujeres con las que los hombres ya han logrado acabar”.

Y este artículo podría haber acabado aquí, pero tras enviárselo a mi querida interlocutora para su visto bueno (no en vano ella es la única legítima dueña de esta historia), ocurrió un hermoso acto de generosidad por su parte. L. quiso finalizar ella misma este texto con un tono de esperanza que no estoy seguro de que los hombres nos merezcamos.

L. escribe:

Nos queremos vivas

“A pesar de lo sencillo que me resultó dialogar con Justo, he tardado un par de meses en enfrentarme al artículo que escribió. A pesar de la verdad que desprende, me dejó un poso de desasosiego. Hoy, a pesar de ser lo que soy gracias a la dureza de la situación que viví, el artículo refleja el momento en que, a causa de ese “brazo armado del machismo”, me encontraba recomponiéndome con los pedazos de mí que iba recogiendo del suelo.
Me gustaría dar un final distinto, hablar en este caso del “abrazo del feminismo”. Nos encontramos en tiempos agitados en los que no queremos dar #niunpasoatrás, y con motivo del 8 de marzo quiero enfrentarme a mis propios miedos. En estos tres años y pico que han pasado desde que mi vida explotó para comenzar de nuevo, puedo decir que ya me paseo por mi ciudad sin temor, que trabajo por la igualdad real. En este tiempo he cambiado de vocación y me dedico a trabajar con jóvenes y niños. Trabajo a diario de manera transversal la deconstrucción del género, realizo talleres en casas de juventud y centros de tiempo libre para trabajar las relaciones sanas (ese amor del bueno que está tan lejos del amor romántico). Con orgullo puedo decir que esta semana con motivo de este 8M hemos inaugurado con el alumnado de primaria del colegio en el que trabajo una exposición de dibujo y biografías titulada “Mujeres con Historia”.
No ha sido fácil y sigue sin serlo, pero se puede salir del abismo de la violencia machista. Es trabajo de todos realizar la tarea diaria de deconstruirnos, de despertar la mirada crítica, de no asumir nuestra herencia cultural como un ejemplo a seguir, desnaturalizar comportamientos que nos llevan a perpetuar esta desigualdad. Trabajemos con los más pequeños, ante todo con el ejemplo. No permitamos esas “machistadas” en los grupos de Whatsapp, no callemos ante las injusticias ni justifiquemos ningún tipo de agresión, mantenerse neutral ante estas situaciones nos coloca del lado del agresor.
El proceso de anulación por el que pasa cada víctima de violencia machista la impide reaccionar por algo llamado indefensión aprendida, que no es más que el miedo a que continúe la escalada de violencia hasta temer por su propia vida. Este proceso es parte de esta maldita herencia, esta construcción social que nos ha situado donde estamos y tenemos la obligación moral de romper.
Trabajemos todos los días en esto, con nuestro ejemplo, sin callarnos. A diario yo misma me descubro en pensamientos machistas, pero eso es lo importante, descubrirse y ser consciente para poder cambiarlo, eso es lo que realmente importa.
Trabajemos la pandemia de los feminicidios en cada uno de nuestros pequeños gestos diarios que no dejan de ser el germen de la aniquilación brutal que está sufriendo la mitad de la humanidad, sólo por el hecho de ser mujer.
Nadie ha dicho que vaya a ser fácil, pero me niego a no seguir luchando por un mundo más justo”.

Gracias, L., desde lo más profundo de mi corazón.

Justo Fernández

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