Modo Tallerista (por Adrián González) 1


Llevo dándole vueltas a este artículo desde el puente de mayo, hace un mes, pero me parece que fue hace un año, por todo el tiempo que llevo rumiando lo que me pasó y lo que descubrí gracias a lo que me pasó.

Había un taller, da igual de qué y da igual con quién, dan igual los asistentes, para lo que me ocupa, da igual.

Me acerqué a pedir una cosa (también da igual la cosa) y me dieron algo diferente a lo que yo demandaba, muy poco pero lo suficiente, cómo para que yo insistiera pidiendo otra cosa. La respuesta fue tan obvia y dicha desde un lugar, que yo llamo y llamaré siempre el “modo tallerista”, que la acepté, pero me sentí bastante mal. Aquel tallerista no tiene idea de lo que a mí me pasó y no lo critico, todo lo contrario, porque me ayudó a ver… .

¿Por qué me siento mal?

¿Qué pasó?

¿Dónde me tocó tan profundo?

Lo voy a explicar desde el otro lado. Lugar donde ahora soy consciente que he vivido desde siempre.

Llega un día que adquieres unos conocimientos y se dan unas circunstancias, como para dar un taller. Hablas con alguien y le parece una buena idea y se anuncia y se celebra.

El momento del acontecimiento se acerca y aunque yo no me pongo nervioso, sí que es verdad que me pongo alerta y pendiente de que la cosa salga bien. Y por alguna extraña razón mi posición frente a los asistentes al taller cambia y al ponerme en “modo tallerista”, “crezco” de una manera, no solo referente a los conocimientos o las aptitudes que voy a compartir o enseñar, sino que me coloca en una posición de superioridad pero con respecto a “todo”. En ese momento sé de todo, hablo de todo y desde esa altura se ve a los asistentes muy pequeños, pequeñitos… . Y no es cierto. Es sólo mi mente, que de alguna manera “controla” mi “estado”. Y soy capaz de dar respuestas obvias, desde el púlpito, desde el puesto de mando, o desde la Casa Blanca.

Este “modo tallerista” me hizo reflexionar de mi propia vida.

Y ahí apareció el miedo, el miedo a defraudar a los demás, a mis padres, a la vida o a lo que sea. El miedo a que salga mal el taller, la cena, el examen, el contrato, la hipoteca, el alquiler o la vida. El miedo a que se abra una pequeña grieta y se pueda ver la oscuridad, la sombra, el dolor y hasta el propio miedo. El miedo tiene miedo de que lo vean.

Y por ahí mis reflexiones me llevaron a darme cuenta que muuuuuuuuuuchas veces, he usado ese “modo tallerista” para relacionarme con personas. Personas. Personas. Y la verdad es que me ha ido mal, porque cuando me pongo así no hay quien me aguante.

Ahora por lo menos soy consciente de ello. Y procuro no usar ese “recurso” y es cierto que algún taller he dado en el que me he puesto al servicio, en vez de poner el automático “tallerista”.

Algún día escribiré o no, las razones por las que creo que me llegué hasta ahí, pero ahora sí que puedo decir, que lo que me ayuda a no actuar desde ese lugar o por lo menos intentarlo es la consciencia, que me viene de la meditación, de intentar vencer el miedo con amor y de intentar cada día ser mejor “tallerista” desde las herramientas que tengo.

Gracias a l@s que me habéis rechazado por este “modo”, y a los que os quedáis a pesar de mi “modo tallerista”.

Adrián González. Hombre, padre e hijo.

 


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Una idea sobre “Modo Tallerista (por Adrián González)

  • Bruno Herrero

    Adrían, Te entiendo muy bien. Un profe del curso de profesores de Yoga, del que aprendí mucho, nos dijo cuando estaba dando su clase: No olvidéis que yo estoy aquí tan sólo porque he llegado primero, nada más”, esas frases resonaron sobre mi y me hicieron más sabio. Pese a ello he cometido errores y los seguiré cometiendo, el ego es muy resbaladizo. Lo importante es que nos demos cuenta de ello.
    Un abrazo,