En tierra de hombres (2005), de Niki Caro


Sinopsis: Cuando fracasa su matrimonio, Josey Aimes vuelve a su pueblo natal en el norte de Minnesota en busca de un buen trabajo. Madre soltera con dos niños a su cargo, busca trabajo en la fuente principal de empleo de la región, las minas de hierro. Las minas proporcionan el sustento que ha sostenido a la comunidad durante generaciones. El trabajo es duro, pero se paga bien y las amistades que se forman allí se extienden a la vida cotidiana, uniendo familias y vecinos en un hilo común. Es una industria dominada por los hombres desde siempre, en un lugar poco acostumbrado a los cambios. Animada por su vieja amiga, una de las pocas mujeres mineras en el pueblo, Josey se une a aquellos trabajadores que perforan la roca para sacar el mineral en la cantera. Está mentalizada para el peligroso y duro trabajo, pero no para aguantar el acoso que ella y las otras mineras sufren por parte de sus compañeros, una situación que poco a poco se irá haciendo cada vez más insostenible.

 

La verdad es que suelo ser bastante crítico cuando me encuentro traducciones de títulos de película en castellano, que no se corresponden en nada o en casi nada con el título original.

En este caso, El “North Country” geográfico original da paso a un, a mi parecer, justificadísimo título en castellano que engloba y acoge una situación que no solo responde a la propia mina protagonista de la película, sino que, responde a una visión que se puede fácilmente extrapolar al resto de la situación (y visibilidad) de la mujer en todos los aspectos del espacio público en los que incide, señala y acusa “En tierra de hombres”.

Recordemos que la mujer protagonista del film, después de poner fin a una relación ´de parejamarcada por la violencia y las agresiones físicas y psicológicas presentes cada vez en mayor nivel y gravedad, decide emprender una nueva vida abandonando el espacio privado en el que ejercía básicamente las funciones que a las mujeres se les ha tenido adjudicadas desde siempre (cuidado del hogar familiar, crianza de los hijos, tareas domésticas, etc) y decide tomar las riendas de su vida, accediendo al espacio público (recordemos que nunca antes había ganado su propio sueldo, ni había sido capaz por si misma de alimentar a sus hijos y de mantener una casa por sí misma), hasta el momento con un acceso tremendamente reducido y puntual para la población femenina (en esa comunidad tan cerrada, tan conservadora, y poco permeable a los cambios).

Creo que ese matiz dice mucho del contenido de la propia historia y propone nuevas lecturas más profundas y esclarecedoras de escenarios en la lucha de los derechos de la mujer, que los de simplemente una mina (recordemos que todas las acciones y consecuencias de su trabajo en la mina, tienen su consabida respuesta y consecuencia en otros escenarios “sociales” como es la propia familia, el vecindario o comunidad de ese pequeño pueblo donde todos se conocen, la Iglesia, los eventos deportivos y las fiestas que se comparten, etc).

Si hacemos una breve recapitulación de todos los personajes y situaciones en las que progresivamente la protagonista se va viendo inmersa, veremos un mapa muy detallado y completo, de todos los comportamientos y personas que tan acostumbrados estamos a ver entre nosotros, porque desgraciadamente no estamos ante un retrato exagerado de lo que la sociedad tiene guardado para un puñado de mujeres que trabajan en una mina, sino que se expande hacia un escenario donde es bien visible que la influencia de la mujer está continuamente acotada por el control y posesión del espacio por parte de la población masculina (a todos los niveles, personal, laboral, familiar, social, judicial…).

Vamos paso por paso.

Desde el padre de la protagonista, que cuestiona la vuelta a casa de su propia hija, presuponiendo que una infidelidad suya ha provocado el fracaso de su matrimonio y que, por lo tanto, las agresiones físicas sufridas a la vista y bien visibles en su rostro, están, sino justificadas, sí al menos “entendidas” y no puestas en entredicho (puede más su empatía masculina y corporativista con el “ofendido” marido que ha sido abandonado, que la presencia de su hija pidiendo ayuda y acogimiento familiar tras una situación que se ha tornado a todas luces insoportable).

Pasando por la actitud de la madre, que entiende y comprende que (una vez avanzada la película), el único “delito” que la sociedad y el entorno no perdona a su hija, es el simple hecho de haber dado a luz a un niño en la adolescencia, del que nadie conoce quién es el padre (después nos enteraremos del porqué de que ese detalle haya permanecido siempre oculto).

La madre, que sufre también (como buena muestra de la generación de su edad) las consecuencias de una invisibilidad siempre silenciosa y ajustada a todo lo que se espera de ella (a la sombra de su marido, incluso en las conversaciones en familia que se dan en las comidas/cenas compartidas por todos los miembros de la familia, cuestionamiento y juicio continuo por parte de sus amistades más “cercanas”, etc), hasta el momento, en que “despierta” y toma conciencia de su propia situación como mujer, y toma cartas en el asunto para defender, incluso a costa de su propio matrimonio, y acompañar en los trámites judiciales el acoso y derribo que sufre su hija.

Recordemos también el consejo “útil y práctico” de su amiga más cercana, cuando le comenta y dice que, allá arriba, en la mina, no tiene que comportarse como una “vaquera” sino que tiene que ser un “vaquero”.

Es decir, si quiere sobrevivir y pasar lo más inadvertida posible en ese mundo hostil de hombres (ya lo dice y avisa también la pareja de su amiga, con un escueto pero esclarecedor “demasiado femenina para trabajar en la mina”), debe renunciar a sus rasgos e identidad femenina y convertirse en un hombre. En un hombre sometido y silencioso, como esos pocos hombres que vislumbran una situación a todas luces injusta con las mujeres, pero que no tienen la suficiente fuerza o valentía para enfrentarse a la masculinidad hegemónica y violenta que controla ese espacio tan rígido y asfixiante.

Soportar lo que soportan las compañeras que ya llevan más tiempo de trabajadoras, y hacer la vida lo más fácil posible, para que sus continuas quejas y reivindicaciones no acaben por desestabilizar la convivencia (sometimiento más bien) de una comunidad en la que las mujeres apenas tienen un espacio común continuamente violado y transgredido (el vestuario, las taquillas, la mesa donde comen todas juntas, etc).

Las motivaciones que básicamente la llevan a querer aceptar un trabajo de este tipo, es que va a ganar dos o tres veces más que su actual trabajo lavando cabezas en una peluquería.

Es decir, una vez más, tenemos que los trabajos que los hombres realizan en base a su construcción “de fuerza” de su género en según qué profesiones les permite una mayor accesibilidad a sueldos dignos con los que poder mantener una familia dignamente.

O lo que es lo mismo, el término “feminización de la pobreza” en su más clara acepción.

La protagonista trabajando en una peluquería y con dos hijos a su cargo, está “condenada” a vivir en casa de sus padres y a renunciar a una vida digna e independiente, que solo podrá conseguir y alcanzar, haciendo y trabajando en lo mismo que los hombres hacen.

El trabajo, el dinero y la independencia económica como método imprescindible de empoderamiento femenino.

¿Y cómo es su llegada a un territorio tan hostil como el que nos presenta la película, su llegada e inmersión en un mundo como es el de la mina?

Pues a todas luces se lo dejan bien clarito, una vez que ha pisado por primera vez las instalaciones de la mina.

Con una prospección ginecológica injustificada para el puesto que va a desarrollar -una excusa para comprobar que no está embarazada en su primer examen médico para ser contratada-, con un vergonzoso discurso en donde su primer “superior” (masculino, lógicamente) le explica paso por paso la situación desagradable que supone para ellos (obligada por las “nuevas políticas” que les impide cerrar las puertas a las mujeres en sus aspiraciones laborales) el contar con mujeres en su espacio y trabajo “tan” masculino (es más, a la presencia de las mujeres se las asocia con un mayor número de accidentes laborales porque no van a estar al nivel de sus compañeros masculinos).

Todo ello cargado de un continuo y presentesentido del humor” (acompañado de “sutiles” insultos y acosos a través de comentarios, pintadas en la mina, etc) sexista, machista y a todas luces misógino que tendrá que aceptar “si o si” si quiere seguir sobreviviendo en esta “tierra de hombres” (recordemos las formas en las que también incurre su amiga la sindicalista, cuando en una reunión con los demás compañeros, a la petición de instalar baños móviles, tiene que “responder” a la altura del comentario/chiste machista de turno).

¿Y qué dice el resto de la sociedad al respecto, cuando un personaje como la protagonista trata de hacerse hueco, de una forma honesta pero novedosa, de vivir su vida?

La sociedad, la comunidad en la que vive, e incluso los máximos responsables de la fábrica donde trabaja, trata por todos los medios de derribar su independencia e identidad individual con el sempiterno cuestionamiento sexual de una mujer soltera (¿ahora vas a ser lesbiana? -le espeta su padre en una de las cenas familiares que salen en la película. El matiz de no saber quién es el padre de su primer hijo se utiliza continuamente en el juicio de manera premeditada para sugerir una conducta sexual inapropiada para desmentir su credibilidad en la agresión sexual recibida), la “teoría” de que las agresiones sexuales son encima culpa y responsabilidad única y exclusivamente de las mujeres (“los hombres van al límite” -se nos explica en el film-, “son las mujeres las que tienen que cortar con una bofetada las proposiciones deshonestas a los que ellos siempre quieren llegar”), de que una mujer empoderada, independiente y autónoma, es sinónimo de lesbianismo y de no querer ajustarse a los perímetros de la sexualidad femenina heterosexual, la ocultación premeditada de cualquier denuncia por parte de la protagonista es instigada, castigada por sus propios compañeros (el hecho que tiene lugar en el vestuario de las chicas), e incluso cuestionada por las propias compañeras (dando a entender que al denunciar ella, las atacan a todas, en clara alusión al dominio y sometimiento patriarcal de ese ámbito laboral en donde no se permite ninguna discusión ni denuncia pública de la situación sufrida) y apartada por la propia cúpula de mandatarios de la empresa (no la dejan ni exponer su caso, la ofrecen salir por la puerta aceptando una dimisión que ella no está dispuesta a aceptar, etc).

“En tierra de hombres” no es una película feminista ni tiene discurso alguno feminista propiamente dicho.

Es simplemente una recreación (no en vano se trata de hechos reales los que se cuentan en esta película) de uno de los primeros juicios en los que se denunció el grado de acoso sexual que viven las mujeres, en concreto, el de esta mujer en esta mina (en aquella época, tal y como se ve en dos ocasiones por la televisión, se estaba produciendo el caso, también famoso, de Anita Hill, con similares repercusiones sociales).

Y eso pasó “antes de ayer”. Apenas hace 30 años.

Lo cual nos da una lectura tremendamente preocupante de todo lo que ha tenido que sufrir (y lo que las queda) la mujer en su incorporación al mercado laboral, espacio que aparentemente, pertenecía casi en exclusividad a los hombres.

Es necesario que se sigan viendo numerosas películas y se lean numerosas historias como la que nos ocupa, para que no pensemos que son situaciones pasadas, y que ahora, caminamos hacia la igualdad porque las leyes ya lo dicen así.

Para que la igualdad formal y la igualdad real lleguen al mismo nivel, hace falta todavía cambiar muchos comportamientos inadecuados, leyes que todavía no están a la altura en muchos lugares del mundo, y necesariamente que los hombres sientan, vean y se solidaricen -y actúen en consecuencia con sus congéneres masculinos- con la situación que todavía a día de hoy, sufren y son discriminadas por razones únicamente de sexo, las mujeres en el mundo laboral y por descontado, en el resto de escenarios del mundo social y familiar.

 

 

Víctor Sánchez (Círculos de Hombres)

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